La Moviola

Crónica deportiva juiciosa y sensata

Shake it!

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Como esos jarabes de sabor repugnante cuyo prospecto indica “agítese bien antes de ingerir”, o como los buenos cócteles -símil más agradable que Kingsley Amis, de seguir vivo y suscrito a este blog hubiera sin duda preferido- en los que la mezcla es mejor que cualquiera de los ingredientes que la componen por separado, así parece suceder con el equipo de Luís Enrique.

Tuvimos que pasar por el meneo de Anoeta para empezar a ver la mejor versión del once del gijonés. Será que las propiedades lenitivas del invento habrían menguado al haberse vuelto a asentar y dejaban aparecer el poso del mal fútbol aquel de tiempos nada lejanos de tan ingrato recuerdo. A dios gracias, la visita esta vez de un grupo de chavales calzando elásticas a rayas albicelestes agitó de nuevo el menunje para que, mezcladas así las esencias, aquello volviese a surtir efectos rayanos a lo increible, pues fue perder en casa frente al Málaga CF y reaccionar después a lo grande en un escenario de postín: los cuarenta y cinco primeros minutos en el Etihad Stadium están ya enmarcados y a punto para colgar de cualquier pared de casa.

El choque contra los citizens volvió a dejarnos sensaciones inmejorables, a pesar de un segundo tiempo más mundano. Ter Stegen, que no fue realmente exigido, mostró un aplomo sorprendente en un arquero de su juventud. Gerard Piqué ha vuelto al fin por sus fueros y todas las virtudes que lo encumbraron a la cima donde moran sólo los mejores centrales vuelven a asomar en el defensa criado en la Masia. Alba corrió la banda como si la vida le fuese en ello; llegando una y otra vez, incansable cual Sísifo. La incidencia de la medular otra vez fue grande. ¿Exagero si digo que a pesar de la ausencia en el once de Xavi Hernández nos recordó por momentos al centro del campo aquel que mandó en Europa un lustro atrás o así? Luís Suárez vio puerta no una, dos veces. Y Leo Messi… El argentino campeó por donde le dio la real gana; fue generoso en el esfuerzo y brillante en cada acción. Fue la mejor versión del mejor Leo Messi; pero además fue Di Stéfano, fue Pelé y fue Cruyff, y volvió a ser, una noche más y van ya tantas, Maradona. Fue todos ellos. Messi rescribió otro brillante tratado de lógica futbolística. De haberse llamado Ludwig quizá hubiésemos asistido en la fría noche de Manchester al alumbramiento del Tractatus logico-philosophicus; pero a Messi le pusieron Lionel, y el suyo tuvo que ser un ensayó que versó sobre el lenguaje, pero el del balón. Ofició Messi sobre el rectángulo de maestro de ceremonias y fue memorable su actuación. Ni el diminuto lunar de errar la pena máxima y el posterior remate tras rechazo de Joe Hart ensombrecen una lección que fue magistral. Por lo que a mi respecta puede seguir Lionel disparando cuantas penas máximas sancionen los colegiados; disparando y marcando o disparando y errando; como si apunta hacia atrás. En ningún sitio está escrito que quien nació para jugar como nadie jugó, nadie juega, ni nadie jugará jamás deba convertir en gol todos los penaltis. Hace tiempo ya que quedó dispensado de ello por bula papal o pontificia o por tanto como obsequió a la parroquia; no me salgan ahora con porcentajes y estadísticas de tres al cuarto. Él nos señala la luna; no vayamos a fijarnos sólo en su dedo. Y si a partir de ahora los enchufa uno tras otro, tampoco estaría nada mal; para qué nos vamos a engañar.

La ida de octavos mostró un FC Barcelona que quiere renacer de sus cenizas y aspira a volver a levantar las copas. Se acercan los días importantes y los hombres de Luís Enrique parecen dispuestos a presentar batalla en todos los frentes. Comandados por un Messi estratosférico no van a resultar un rival fácil de vencer; al contrario. Emperrado el argentino en volverlo a ganar todo y prestos sus compañeros a seguirlo en su locura, los azulgrana se baten hoy el cobre y son un adversario temible. Sin haberle perdido la cara a la Liga -aunque no quepan ya muchos más tropiezos-, con pie y medio en la final de Copa y medio pie en la ronda de cuartos de Champions, la próxima estación es Granada, a la que habrá que rendir como en tiempos de Boabdil; no vaya a suceder lo que dijo Almanzor a propósito de la ceguera y la tristeza en esa bella ciudad; esperemos de otro modo que mañana los nuestros sí vean puerta y se lleven los tres puntos en liza.

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Sin perdón

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En el número doce de la calle de Arístides Maillol, aunque parezca inverosímil, ya casi nadie echa de menos las maneras siempre exquisitas de Gary Cooper ni los anticuados ademanes y aquel modo de andar tan suyo de John Wayne. Los códigos de los westerns de mediados los años cincuenta forman parte del pasado. ¿Para qué vamos a esperar a que desenfunden si podemos disparar antes nosotros? ¿No es la espalda tan buen blanco como el pecho? La gloria con honor resulta demasiado cara. Como Clint Eastwood nos conformamos con salir airosos siempre y cuando el precio a pagar no sea muy alto, y casi nunca lo es.

La metamorfosis ha llevado su tiempo; hay quien especula, incluso, que lo mejor está por llegar. Lo cierto es que la indefinición que durante seis largos y penosos meses nos tuvo en ascuas ha dado paso a una idea que va adquirirendo contornos definidos. Por lo menos hoy creemos entender a qué quiere jugar Luís Enrique. Llevábamos un tiempo sospechando que el gijonés pretendía a toda costa llegar vivo, fresco y con gran parte de la plantilla implicada en el proyecto al tramo decisivo de la temporada. Eso era todo lo que atisbábamos. Si el “anoetazo” precipitó las cosas o éstas siguieron sólo su curso natural poco importa ya. San Sebastián, en cualquier caso, marcó un antes y un después en el devenir de la temporada: se empezó a apostar por un once tipo, se repitieron alineaciones y, acaso más importante, se empezó a plasmar una idea que hasta entonces no creo exagerar si digo que nadie era capaz de entrever. ¿Y cuál era? Jugar a ser Clint Eastwood cuando llevábamos un lustro queriendo ser John Wayne.

El FC Barcelona de Luís Enrique se parece más a Marciano que a Clay. Sobre el verde la propuesta ya no es celestial; nos divierte pero ha dejado de encandilarnos como antaño, aunque el equipo empieza a mostrar sus virtudes. La mayor de Rocky Marciano fue su potencia de pegada, pero su capacidad de encaje no era menos sobresaliente. Parecido sucede con este FC Barcelona: se encuentra cómodo en los enfrentamientos a cara de perro; se exhibe en las transiciones, en las que se muestra exuberante, a pesar de que -lo mismo que el púgil estadounidense de origen italiano- sea a costa de desplegar un estilo más heterodoxo. Luís Enrique ha optado por enterrar la idea del juego de posición. Lejos de ordenarse ahora todo a partir del esférico, los de azulgrana se encuentran cómodos en un caos relativo. Incluso frente a repliegues bajos se ataca imprimiendo velocidad a cada acción con el fin de generar, hasta en esas situaciones, el mínimo caos necesario para desordenar al rival y generar ocasiones de gol. Las zonas calientes se han desplazado de la medular a las dos áreas. Allí se deciden los envites. Las pausas no dejan de ser meras estaciones desde donde reiniciar un nuevo round. Esos momentos de falso control sólo sirven para tomar una bocanada más de aire y lanzarse a por otra tanda de bofetadas. Así hasta que el rival claudica. La rotunda exquisitez ha dejado paso a una rotundidad exenta de aquella finura. Hoy intuimos que este FC Barcelona está cerca de devenir un rival magnífico. Hemos abandonado, cierto es, la etiqueta para vestirnos de modo más vulgar. Queda el estilo, eso sí; pero los de Luís Enrique, a base de estirar y encoger al equipo cuantas veces haga falta -¡qué lejos queda aquel equipo tan corto como un tercio español!-, van camino de convertirse en un equipo temible; terrenal, sí, pero formidable.

Como en Sin perdón, la espléndida cinta dirigida y protagonizada por Clint Eastwood, el FC Barcelona de Luís Enrique parece destinado a cumplir con el encargo de levantar las copas y poco importa si para lograrlo sacrifica estilos, ideas, ortodoxias o cualquier cosa. Hoy el fin justifica los medios aunque, ironías del destino, ese mismo fin a quien sacrifica es precisamente a los medios. Al FC Barcelona de Guardiola sus rivales podían darle la espalda con cierta tranquilidad. En el FC Barcelona de Luís Enrique no caben escrúpulos; quien ose darle la espalda seguramente se llevará un par de balazos en ella. Es lo que tiene pasar de jugar a ser John Wayne a ser sólo Clint Eastwood.

Provocador…

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No hace tanto el Vicente Calderon aplaudía un gran gol de Messi. Hoy los aplausos fueron para Mario Suárez por castigar los tobillos del argentino. No hace tanto en la ribera del Manzanares aplaudían los lanzamientos a la escuadra. Hoy a Arda Turan por lanzarle una bota al juez de línea.

Se quejaron los colchoneros de la actuación de Gil Manzano, que les concedió un penalti inexistente, que señaló posición adelantada de Neymar mal asistido por su auxiliar, que no expulsó a Turan por su lamentable acción, que incomprensiblemente permitió a Mario Suárez permanecer en el césped ochenta y tres minutos. Aún así el Atleti se quejó del arbitraje. Y de Neymar. El brasileño se llevó la mano a la oreja tras batir a Oblak, gesto a todas luces tan reprobable al menos como el de Mandžukić mandando callar al Camp Nou en el encuentro liguero al transformar la pena máxima -también inexistente, por cierto- aunque bastante menos estúpido; alguien debiera explicarle al croata que celebrar así un gol que no sirve ni para igualar el marcador es del género tonto ¿Considerarán Gabi y Cani que también esa noche anduvo provocándoles Neymar? El brasileño fue el jugador azulgrana que más faltas sufrió (seis las que señaló Undiano, que no vio el plantillazo de Giménez)

El FC Barcelona no solamente fue justo vencedor de la eliminatoria de cuartos de Copa; su comportamiento, además, fue irreprochable y en la segunda mitad se limitó a contemporizar sin pretender ensañarse con un rival herido tras la expulsión de Gabi en el túnel camino de los vestuarios. Imagino que los jugadores de Luís Enrique no esperarían por ello el aplauso de la grada, pero tampoco que los rojiblancos les cosieran a patadas. En todo caso, por más que diga Simeone, la decisión que tomó el entrenador del Club Atlético de Madrid de claudicar al descanso honra poco a ese club centenario y menos todavía a quienes acudieron al estadio a apoyar a su equipo. A uno le queda la sensación que de cuanto sucedió la otra noche quienes menos merecieron resultar señalados fueron el FC Barcelona, cuya actitud fue ejemplar (¿provocador Neymar?, como el resto del equipo se pasó la segunda mitad jugando de primeras), y Gil Manzano, cuyos errores no beneficiaron más a un equipo que al otro y que si como parece deberá estar dos semanas en la nevera será precisamente por no haber expulsado al turco Arda Turan.

En rueda de prensa Simeone salió por peteneras al ser preguntado por la actuación arbitral. Respondió que se sentía orgulloso de los suyos por haber ido a ganar el título de Liga al feudo culé. Alguien debería recordarle al Cholo y a toda la afición del Atleti que esa tarde a Messi le anularon un gol que debió subir al marcador y que daba el título, momentáneamente al menos, al FC Barcelona. Nadie protestó por ese grave error; es más, el Camp Nou ovacionó como se merecía al Atleti, justo campeón.

Como declaró Sergio Busquets al finalizar el partido, hay que saber ganar y saber perder. Y el Atleti la otra noche no supo perder. Fue una mala noche en la que seguramente sólo Clemente Villaverde por parte del Atleti estuvo a la altura, felicitando al rival y aceptando que fue justo vencedor de la eliminatoria.

Cuarenta y cinco minutos para la esperanza

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Tras despachar el compromiso copero en un santiamén, la visita del vigente campeón de Liga no iba a ser una piedra de toque cualquiera para los once de Luís Enrique. Lo enrarecido de la situación no hacía sino abrir más si cabe toda suerte de posibilidades; el choque aunaba ingredientes suficientes como para poder decir de él que no era sólo un partido más; era una caja de sorpresas y nadie a ciencia cierta podía saber si al abrirse aquello nos iba a gustar o si nos iba a explotar en las manos. Ni el más diestro augur dejaba de confesarse incapaz de vaticinar qué iba a depararnos aquella vez algo tan nimio como un partido de fútbol: pasión, tragedia, drama, esperpento, rabia, capitulación, renovada esperanza. Todo era posible.

Y todo sucedió a pedir de boca. Fueron cuarenta y cinco minutos para la esperanza. Fue una primera mitad digna de ser recordada. El equipo de Luís Enrique jugó bien; muy bien.

Luís Enrique optó por ensanchar el campo y, hay que notarlo, por alargarlo cuando hubo ocasión. Lo ensanchó pegando a Neymar y a Messi a las de cal. Lo alargó no desperdiciando ni una sola vez el vértigo de la contra al recuperar el cuero en campo propio, cuando el repliegue tuvo que ser bajo. Neymar, Messi y hasta una ocasión Iniesta cabalgaron cada vez que fue posible -y no fueron pocas-; corrieron como alma que lleva el diablo hacia el marco defendido por Moyá. Y el Atleti dudó en salir.

Cuando el ataque tuvo que ser posicional, Suárez logró anclar a la pareja de centrales, incapaces de acudir a ninguna ayuda a las bandas, tanta era la faena que el nueve uruguayo les encargaba. Y tan determinante como el gran trabajo del ariete charrúa fue la posición avanzada de Ivan Rakitic -¿jugó de falso media punta, el ex sevillista?- ocupando el carril interior derecho, incrustado entre Messi y Suárez pero siempre más avanzado que el argentino. Si Suárez fijaba al eje de la defensa, Rakitic conseguía echar muy atrás a los mediocentros del Atleti, aunque fuese a fuerza de renunciar a colaborar en la fase inicial de creación: la salida de la pelota jamás pasó por los pies del croata, pero fue porque así pareció quererlo Luís Enrique. Piqué, Iniesta (excelso la segunda mitad, el manchego interpretó mejor que nadie lo que demandaban los otros cuarenta y cinco minutos; centró su posición en el campo y dio la pausa al partido siempre que se hizo necesario); Piqué, Iniesta y Busquets, decía, gracias al planteamiento del técnico gijonés, se bastaron al gozar de la comodidad que otorgan los grandes espacios para maniobrar a sus anchas y distribuir balones a los delanteros. Cuando hizo falta, además, Messi actuó de volante.

Echar al Atleti tan atrás permitió atacar bien y recuperar el balón tras pérdida fruto de una presión alta bien ejecutada. Alba llegaba siempre (¡que distinto de Anoeta!, allí siempre estuvo pero jamás llegó). Alves volvió a recordarnos al jugador superlativo que no hace tanto tiempo fue. La grada agradeció la intensidad de los once azulgranas. Los del Cholo se vieron desbordados. Las ocasiones de gol se sucedieron y se llegó al descanso con dos a cero, renta importante pero diríase que escasa visto lo que habían deparado aquellos cuarenta y cinco primeros minutos del envite. ¿Será ésa la senda por la que veremos transitar a los hombres del técnico asturiano? Quizá; lo que está claro es que frente a un rival de enjundia el FC Barcelona ganó y convenció, y acaso tan importante, pareció prometer competir por todo hasta el final. Fueron cuarenta y cinco minutos para la esperanza. En mitad de tanta convulsión no parece peccata minuta.

¡El mayor espectáculo del Mundo!

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A falta de fútbol, ayer Luís Enrique tuvo a bien deleitarnos con un sucedáneo de dudoso gusto: “¡Pasen y vean!” pareció desgañitarse el gijonés. “¡Willkommen, bienvenue, welcome al mayor espectáculo del Mundo!” y fue mostrarnos en el banco a Lionel Messi, a Neymar Junior, a Ivan Rakitic, a Gerad Piqué y a Dani Alves. Solamente faltaban cabe ellos la mujer barbuda, el fortachón con mostachos y el hombre bala. Pero no caigamos en el desánimo, que muy capaz es el técnico asturiano de que aparezcan en próximas funciones. Aunque ya debiera saber el bueno de Luís Enrique que puestos a escoger, por estos lares -que también son los suyos- entre payasadas como la de anoche o espectáculos circenses de verdad, para hacernos reír preferimos a Tortell Poltrona; para llorar basta la triste existencia. Ahórrenos, pues, escenas tan lamentables, que ni el horno está para bollos y la paja, además, sigue yendo cara.

Habiendo caído el Real en Mestalla el envite de anoche exigía lo mejor del FC Barcelona para hacerse con los tres puntos en liza y apretar la clasificación. En vez de ello, Luís Enrique siguió quién sabe si por mera incompetencia, por inclinación enfermiza a experimentar -y aversión a la gaseosa-, por pura terquedad o si por simple chulería, insistió decía en marear con la alineación del once inicial a propios y a extraños (a todos menos al escocés David Moyes, que al ser más listo que los ratones colorados o brujo dijo no tan sólo sospechar sino ser conocedor de que Messi y Neymar empezarían viendo el partido desde el banquillo). El gijonés no es hombre prudente y no parece tener en demasiada consideración pasadas experiencias como, sin ir más lejos, la de Almería. Luís Enrique -al principio nos lo advirtió; en eso no engaña a nadie- va a muerte con su idea que no parece otra que la de sentarse junto a su ayudante con un bombo, hacerlo rodar e ir sacando las bolitas con las cuales elabora las alineaciones. Eso o es que atesora un sofisticado y estúpido programa informático cuyas claves él sólo parece conocer que le va indicando a quién poner cada vez. O quizá sea una inocente hoja Excel. Sea como sea se permitió una vez más juguetear con los once de partida y esta vez le salió mal. Descabellado aunque propio de estas fechas entrañables fue regalar nada menos que el cincuenta por ciento del tiempo de juego, y se pagó con la derrota.

La primera mitad el FC Barcelona jugó mal. Sólo un gran remate, lástima que fuese a portería propia. Más allá de esa desgracia, el equipo ofreció muy poco. Tuvo el control, sí; pero apenas inquietó el arco rival. Circulación de balón soporífera iniciada casi siempre desde las botas de Mascherano -sintomático de la escasez de ideas o de lo flaco de la misma-,  llegadas inocuas por banda derecha que Montoya, hasta hace dos telediarios postergado a la más absoluta de las suplencias y ayer titular en detrimento de Alves -o incluso de Bartra- finalizaba como de costumbre, cuando no muy mal, mal a secas. Y si Montoya al menos llegaba, Alba en cambio ya estaba; tantas veces en posición más avanzada que la de Pedro no logró sorprender jamás a la zaga txuri-urdin ni tampoco a su entrenador, que no pareció hacer nada por corregir el desaguisado.

Y si en la primera parte el FC Barcelona jugó mal, en la segunda y con la entrada al campo de Messi y posteriormente Neymar se mejoró algo, y aunque el fútbol desplegado siguió siendo de escasos quilates -bisutería más que aquel fino trabajo de orfebre al que el equipo nos llegó a acostumbrar- por lo menos se creó más peligro; se rondó el área de Rulli -que tuvo que intervenir poco pero sus intervenciones fueron muy meritorias- y en una de esas ocasiones pudo llegar el empate pero no llegó.

No quisiera cerrar esta líneas sin referirme a la crónica del encuentro escrita por don Martí Perarnau intitulada Impotencia y decadencia para decir, tan sólo, que a pesar de subscribirla casi al cien por cien, es a mi parecer indulgente en exceso con el técnico gijonés. Tras diecisiete jornadas de campeonato pocos, acaso nadie, sabe a qué diantres juega el equipo. La única idea del entrenador que somos caces de entrever es que parece querer llegar vivo a los días en que se disputen todos los títulos a base de implicar a la plantilla toda aunque el precio a pagar sea mostrar un juego paupérrimo. Quiere al equipo implicado y fresco. Empero debiera saber también que aunque no haya fórmulas mágicas suele funcionar aquella de que para ganar es preferible jugar bien.

Les confieso que hay algo en lo que coincido con Lucho y que ayer pronunció en rueda de prensa posterior a la derrota: el fútbol es injusto, dijo. Cosa distinta es a qué nos refiramos ambos. Lo creo porque habiendo técnicos sobradamente preparados para dirigir a los azulgrana, no me explico -a no ser por lo injusto que es este deporte- que a alguien tan manifiestamente incapaz se le haya dado tan tremenda oportunidad. Eso sí me parece una injusticia.

Los números de 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 940 veces en 2014. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 16 viajes para llevar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

Alionel el octavo pasajero (+2; el 10 vaya)

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Si al leer el título del artículo han pensado que está cogido con pinzas, tienen, cómo no, toda la razón. Ni Lionel es un alienígena, ni Luís Enrique –¡qué más quisiéramos algunos!- la suboficial Ripley (si alguien tuvo alguna vez el sueño o la esperanza de que fuese la mejor versión de Ridley Scott supongo que ya se habrá dado cuenta de lo equivocado que estaba), ni el FC Barcelona la nave espacial de carga Nostromo. Lo que no podrán negarme es que cada día que pasa uno tiene más la sensación de que el técnico gijonés y su staff tratan con denuedo -por el momento sin demasiado éxito- de concebir una nueva criatura; un engendro distinto al que estábamos acostumbrados a ver; aquel que devoraba a los rivales semana tras semana y en todas las competiciones y siempre de una manera perfectamente reconocible y, nunca estará de más repetirlo, desplegando fútbol de muchos quilates. El parto se está complicando más de lo previsto y el nuevo ser no acaba de lucir en todo su esplendor. Y suerte que Lionel, saliendo del vientre de no se sabe muy bien quién ni qué, ha ido correteando por el verde para librarnos de todos los males. Lo mismo que el bicho de la magnífica cinta de Ridley Scott, Messi parece la única criatura todopoderosa capaz por sí sola de ir corrigiendo los experimentos del oficial al mando; tanto que de no ser así Lucho y su segundo andarían ya buscando otra embarcación donde tratar de parir ese gran equipo que hasta la fecha aquí no han conseguido. Pero no nos engañemos; Lionel por sí solo no alcanzará para derrotar a cuantos se pongan por delante. Va a hacer falta algo más, tanto en la aportación individual de algunos jugadores que todavía andan lejos de su mejor versión como también y muy especialmente en lo colectivo. Si Luís Enrique no es capaz de armar un once con mecanismos lo suficientemente ajustados como para presentar batalla cuando enfrente a los verdaderamente grandes de Europa, ni Lionel bastará para salir airosos.

Visto que cuando se ha tratado de atacar a un rival bien posicionado atrás no se ha generado juego como para que auguremos un futuro demasiado esperanzador, ya puede espabilar Lucho y concentrarse en alumbrar, como parece que pretende, una nueva criatura capaz de zamparse a lo que se ponga por delante a base de menos juego posicional y más transición. El engendro que se pretende más parece una evolución surrealista que un buen remake de aquel Ajax de los setenta y su fútbol total; el  desorden, un cierto caos, la pegada y un estratosférico Lionel Messi gobiernan este FC Barcelona que gana pero no enamora. El juego ácrata propuesto hasta hoy marea en una proporción similar a lo que pueda divertir a los amantes de esos imprevisibles choques de ida y vuelta; diríase, a condición de saber que se exagera, que estamos ante el Podemos de la competición: los Messi, Neymar, Suárez y compañía ilusionan al personal pero todavía estamos confeccionando un programa.

Ni en la Roma ni hasta la fecha en el FC Barcelona, empero, la cosa ha dado grandes frutos y el Celta, con todos mis respetos, más se parece a aquel carguero de tres al cuarto de atunes de Acción Mutante, la genial ópera prima de Álex de la Iglesia, que a una nave espacial de las serias; de las de verdad. A servidor las dudas que le sigue generando Luís Enrique aún después del cinco a uno frente al rival de la ciudad y la prestigiosa victoria de anoche no son ni pocas ni pequeñas. Sólo confío -y no mucho, la verdad- en que al final Juan Carlos Unzué, el segundo de a bordo, no vaya a ser como el oficial científico Ash en la película, un androide empeñado a toda costa en conducir al equipo, sea como fuere y a cualquier precio, hacia un final trágico. En este bendito club cosas más raras se han visto.

Ser hincha

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El ser del hincha es rugir, alentar, vocear, chillar. Y también, claro, sufrir, llorar, resignarse y soportarlo todo. Pero la hinchada, de vez en vez también ríe, se regocija, toca el cielo, mora en él, aunque nunca, es cierto, lo suficiente; ser hincha es saborear la gloria; la de alzar una Champions o una Liga cualquiera, o aquella otra menor pero no tanto de ver vencer al equipo rival, al del pueblo vecino. La hinchada es amor a unos colores que son los del padre de uno, que ya fueron los del abuelo e incluso del bisabuelo, y así hasta el homo antecesor o casi. Aunque por amor, por amor a un holandés flacucho con el “14” a la espalda o a Butragueño la cadena puede, por qué no, llegar a romperse. Sólo así y sólo entonces el fútbol admite la traición, el abrazar otros colores, izar una nueva bandera. Como siga la historia luego es lo de menos (artículo completo en Football Citicens).

A todo tren

verguenza

El pasado sábado Lionel Andrés Messi Cuccittini, Leo Messi, superó el registro goleador de Pedro Telmo Zarraonandía Montoya, Zarra. Sabido por todos era que más tarde o más temprano el futbolista argentino batiría la impresionante cifra de tantos lograda por el vizcaíno; pero fue precisamente anteayer, sábado veintidós de noviembre de dos mil catorce, casi sesenta años después, cuando Messi superó al fin a Zarra. Hasta dónde será capaz de llevar Messi, a quien todavía le restan varias temporadas por delante, el nuevo récord de dianas en la competición liguera, sólo Dios lo sabe, aunque no resulta descabellado aventurar que el nuevo guarismo será superior a trescientos cincuenta, o lo que es lo mismo: una auténtica barbaridad.

Ya desde antes de la última visita de los culés al estadio Santiago Bernabéu mucho se había hablado y escrito sobre cómo debía celebrarse el hito histórico de sobrepasar la suma de goles de Telmo Zarra. Las propuestas han sido variopintas; algunas ciertamente disparatadas (como la de festejarlo interrumpiendo el partido tras la consecución del gol que superara los de Zarra) y otras más sensatas (como la de homenajear a Messi más adelante). De entre todo cuanto tiene que ver con la cuestión se lleva la palma por absurdo, por insensato, por desatinado y extravagante, por irracional casi, empero, la portada de ayer del periódico deportivo de mayor tirada de este país. En efecto, el diario Marca tuvo la desfachatez de publicar en portada, con tres bemoles, la tremenda victoria del Real Madrid Club de Fútbol en Ipurua frente a la Sociedad Deportiva Eibar. “A todo tren” fue el titular que abría la publicación, con la gran foto central de Cristiano Ronaldo en primer término y James Rodríguez detrás del astro portugués. El logro histórico de superar a una leyenda como Zarra mereció al rotativo que dirige el leonés Óscar Campillo tan sólo un espacio menor en el margen superior derecho de la página.

Tan enorme pifia por desgracia es únicamente un ejemplo más del mal periodismo deportivo que se hace en el país. Ayer la parte principal de la portada debía haberla dedicado el equipo que dirige Óscar Campillo a celebrar un hecho histórico, y ése no era precisamente que un Madrid demoledor impuso su ley en Ipurua. Hoy lunes, por ejemplo, sí hubiera cabido abrir con la marcha triunfal del equipo blanco y sus catorce victorias consecutivas en vez de hacerlo con la insulsa portada con la que nos desayunamos.

Es una lástima que desde una tribuna como el Marca no se haya aprovechado la ocasión para conmemorar a un futbolista de leyenda, al jugador del Athletic Club, a ese grandísimo goleador que fue Zarra cuya cifra de goles el pasado sábado logró superar Messi, si no el mejor, uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos. Una pena y también una vergüenza.

El pesimismo de lo porvenir. Por Adrián Montes

negro porvenir

Tras ver el lamentable partido jugado por el Fútbol Club Barcelona en Almería, a pesar de la victoria, se me ofrecen varios puntos de análisis, casi todos negativos como para augurar un negro futuro deportivo a este equipo, de muy baja calidad colectiva.

Por empezar por donde se debe, empecemos por el entrenador. Me mojo al decir que su competencia es más bien escasa y voy a tratar de razonarlo en unos cuantos puntos.

1. Sus bajas prestaciones se inician con las alineaciones. Sus rotaciones carecen de sentido alguno y hoy se ha visto con claridad. No hacía falta descanso, no hay liga la próxima semana, como para dejar la teórica artillería en el banquillo ¿con qué fin?

¿Qué pintaban Munir y Rafinha en la alineación inicial? Son jugadores que presentan una evidente falta de calidad para jugar en un equipo de élite mundial y eso lo tendría que ver un buen entrenador enseguida.

2. No consigue arreglar la defensa. En mi opinión cualquier entrenador que se empeñe en contar sistemáticamente con Mascherano como central no merece entrenar en primera división. El rendimiento de este jugador, magnífico pivote defensivo, en dicho puesto es sencillamente patético. Sólo al corte lateral responde (y parece que eso sirve para “engañar” a algunos comentaristas). Su rendimiento en las demás facetas que se le pueden exigir a un central es simplemente penoso. Pero es que la defensa en conjunto es un despropósito. Hoy, ante un débil rival, solamente la banda derecha daba una cierta señal de solidez, también escasa. Y la salida del balón es horrible. En este capítulo tienen mucho que ver los lamentables fichajes acometidos por el Área Técnica, incapaz de reforzar debidamente este capítulo a lo largo de los cuatro últimos años.

3. No existe la zona de creación. Hace mucho tiempo que se ha perdido el dominio del centro del campo. Eso tampoco lo sabe resolver y de esa forma sirve de muy poco el famoso tridente, que recibe pocos y malos balones. La solución que L Enrique propone, de retrasar a Messi a la zona de creación, es simplemente una blasfemia futbolística cuya consecuencia es poco menos que prescindir del mejor jugador del mundo cerca del área. Viendo este fútbol? que propone Lucho, se pueden entender los largos años de fracaso del argentino con su selección nacional.

Otro grave problema, al margen del desastroso nivel de competencia de la dirección técnica en materia de fichajes, es la adquisición de Neymar, un buen jugador, excelente jugador si se quiere, que en absoluto vale los casi 100 millones de euros que costó. Sólo Messi y Cristiano Ronaldo, por este orden, los valen. Ese dinero bien se puedo emplear en reforzar el equipo con jugadores como Kroos, Reus, Hummels, Moreno… En mi opinión la aportación de Neymar es muy inferior a las limitaciones que provoca en el equipo; la principal, el desplazar a Messi de su papel de máximo rendimiento. Por mucho que los periodistas quieran auto convencerse de lo bien que se entiende el dúo, lo cierto es que el rendimiento de Messi ha bajado notoriamente desde la llegada de Neymar. Y no digamos su actitud. Hoy mismo ha perdido tres balones, uno de ellos originó el gol del Almería, que en otros tiempos hubiera peleado por recuperar y hoy se ha quedado absolutamente parado. ¿Acaso Neymar persigue la enorme cantidad de balones que pierde o pasa al contrario? No. Pues él, tampoco.

Otra limitación, nada despreciable, es que la presencia de Neymar más la de Luis Suárez (éste sí lo considero un fichaje adecuado pues hacía falta un rematador y con juego, tipo David Villla) obliga a jugar un 4-3-3, táctica para la que el Barça actual no está preparado. Sin Pujol, sin Abidal y con Xavi, Busquets e Iniesta con 4-5 años más, no se puede aspirar a dominar el centro del campo superando la presión del contrario. Es preciso recurrir al 4-4-2, lo que no puedes hacer a costa de retrasar a Messi. Sobra Neymar. Por no comentar que desde que él está presente, Alba h bajado muchos enteros. No encuentra sitio para hacer daño en ataque y defendiendo nunca fue muy bueno.

He citado algunos de los problemas que van a impedir que el FCB haga una buena temporada. Es muy difícil que mejore y desde luego no tiene calidad para plantar cara al Real Madrid en España ni al Bayern y otros en Europa. Es una pena ver cómo en tres años se ha dilapidado el patrimonio del mejor equipo del mundo.

 Adrián Montes.

Adrián Montes colabora habitualmente en La Moviola.

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