Lacrimosa dies illa

por Phil O'Hara

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<<Toda una vida dedicada a vuestro Dios. Desde que tuve uso de razón, antes incluso, si es eso posible, convertido en soldado suyo. Le vendí mi alma, como la hubiese podido vender al diablo; y trabajé duro, más duro que ningún otro. Todos los días de mi carrera me esforcé por ser el mejor. Anhelaba ese trono, sí; rezaba a Dios antes de cada encuentro implorándole más y más gloria. Rezaba, es cierto; ¿pero acaso no merecía por mi sacrificio hasta el último de mis goles? ¿No fueron mis méritos suficientes para que Él me otorgara el mínimo, insignificante, fútil favor de concederme un poco, una brizna solo, del talento que jamás atesoré? ¿Por qué le eligió a él? ¿Qué razón hay, si hay alguna, para que dispensase a ese futbolista menudo y humilde y no a mí cuanto yo codiciaba? A cambio de mi martirio Dios me concedió oro; pero siempre menos oro que a él. Me gratificó con goles; aunque nunca fueron tantos como los que a él le regaló. Y mi recompensa, además, requería de hercúlea dedicación, de absoluta entrega. A Leo, en cambio, se lo donó todo, todo, a cambio de nada. Sin apenas esfuerzo, con la simplicidad de lo natural; le obsequió con clarividencia, le proporcionó el talento que a mí me negó; el genio. Y por más que me torturaba tratando de ser el mejor, Él continuaba sin transigir: no iba a ser yo su preferido; había elegido a otro; le había elegido a él.

Por ello le odio, aborrezco y maldigo. Por ello detesto toda la belleza que hay en cada jugada, en cada regate, en cada amago, en cada gesto, en cada gol de Lionel; en todas las veces que él acaricia el balón con esa lucidez. Dejadme; dejad de consolarme.>>

Lacrimosa dies illa qua resurget ex favilla iudicandus homo reus (Lleno de lágrimas, el día en que resurgirá de las cenizas el hombre acusado destinado a ser juzgado)

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