Cuatro zarpazos

por Phil O'Hara

 

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Asegura el bueno de Maldini en no más de ciento cuarenta caracteres que, en el juego, no hubo tantas diferencias entre el FC Barcelona y el Manchester City en la última visita del cuadro inglés al feudo azulgrana. Guardiola, en rueda de prensa posterior al encuentro, pareció alinearse con Maldini al constatar que mientras la disputa fue de once contra once, su equipo estuvo de lleno metido en ella. Y yo, que ni soy capaz de concentrar en tan poco espacio como Maldini mis opiniones, ni doy ruedas de prensa, digo aquí que uno y otro me recordaron con sus manifestaciones aquellas magníficas crónicas que semana tras semana relataban las andanzas del equipo de Camponaraya; crónicas que siempre solían rezar más o menos tal que así: “A los pocos minutos la tuvo Ramonene, pero la echó fuera -del campo-. Luego el Camponaraya dominó, pero con ocho zarpazos se puso el rival 8-0 y no era fácil darle la vuelta al resultado”.

Debiera saber Maldini que diferencia en el juego la hubo; tanta al menos, si no más, que en el resultado. Y si es cierto que hasta la expulsión del arquero chileno los de Guardiola no le habían perdido la cara al partido, no lo es menos que hasta el primer gol de Messi el resultado era de empate a cero; o que de haber reducido distancias los ingleses tras el segundo gol del FC Barcelona se hubiesen vuelto a meter en el encuentro. Perogrulladas al margen, lo cierto es que lo acaecido en los noventa minutos evidenció la enorme desigualdad que hoy existe entre el conjunto de Luís Enrique y el de Pep Guardiola. Si el once del asturiano sigue mostrando un altísimo nivel competitivo, trasluciendo en todo caso desajustes propios de las alturas de la temporada en las que nos hallamos -lo que nos hace sospechar que irá aproximándose a las cotas de excelencia a las que desde hace una década nos tiene acostumbrados-, el presente de los citizens no es tan halagüeño, y en cuanto al futuro más o menos inmediato uno tampoco puede ser optimista en exceso. No es tan solo que el Manchester City carezca aún de un plan, que el edificio se encuentre en construcción, ¡si parece que le falta hasta la cuadrilla! Ardua tarea le ha tocado en suerte al de Sampedor, que va a necesitar dios y ayuda, y algo más de tiempo, para convertir a los suyos en un conjunto capaz de pelearle la Champions a los cocos que un año más bregarán por levantar la orejona.

Quiso Guardiola poblar su medular tratando de disputar la posesión del balón al rival. Y sentó a Agüero. Otra consecuencia de tal decisión de Guardiola fue que Ter Stegen pasase los noventa minutos comiendo pipas y leyendo a los rusos. Y mientras los hombres de Pep se esforzaban por tener el cuero, Sterling se iba de todos y De Bruyne atacaba los espacios, nadie inquietaba el arco de los catalanes; como si hubiesen olvidado que amén de tener la pelota, irse del contrario y atacar los espacios, en esto del balompié de lo que se trata es de enchufarla, de hacer gol. Los de Luís Enrique, entretanto, jugando bien y a ratos muy bien, llevando peligro cada vez que merodeaban la puerta contraria, con cuatro zarpazos ponían un 4-0 en el luminoso casi sin despeinarse. ¡Y en el tuit afirmaba Maldini que no hubo tanta diferencia en el juego! ¡Pues si llega a haber más! Guardiola, en Munich, logró en un lapso corto de tiempo que el Bayern plasmase una idea si no pintiparada, sí aproximada a la que a lo largo de cuatro años fue dibujando el FC Barcelona que dirigió. Hoy todavía no acertamos a atisbar nada de ello en este Manchester City, pero con el tiempo y una caña no ha de extrañarnos que Guardiola gane también la que seguramente trátase de la apuesta más arriesgada de cuantas hasta la fecha ha emprendido.

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