De copas, de bastos y de Bustos

por Phil O'Hara

bastos

Jorge Bustos creyó que volverían a pintar copas pero resultaron bastos. Olía al perfume de la undécima, juraba Jorge. ¿No será que los sentidos se atrofian con el inexorable paso de los días, acaso por hartazgo, y el olfativo ha dejado de funcionarle como un reloj al bueno de Bustos? ¿O será cosa de la genética del madridista de ley, que mora en la meseta, genética tocada de desfachatez o soberbia, de ambas tal vez, que ensombrece y ningunea a la prudencia y al comedimiento y está reñida con la humildad? No pretendan hallar pátina alguna de modestia en el verbo de Jorge; al contrario, rebusquen bien y quién sabe si encontrarán vestigios del genio de Felipe II: no envió el monarca sus naves a luchar contra los elementos. Pues así -o parecido- con Bustos, aunque los elementos sean aquí cuando no pretendidos errores de algún trencilla de turno, el infortunio que cruel se ceba y se vuelve a cebar en la pobre rodilla del gran Lukita.

Jorge, que en brillantez nos saca al menos dos cuerpos, que acostumbra a conjugar con maestría, se maneja peor en la suerte balompédica, aficionado radical y de medio pelo como es. Hilvanar palabras es arte que no guarda secretos para Jorge; de fútbol, empero, sabe lo que yo: nada, o menos aún, si ello fuera posible. Y es que el negociado de Jorge Bustos no es el del deporte rey, sino el del del periodismo literario. Vean, dos cuerpos más: si un servidor lo mismo que Jorge poco sabe de fútbol, como habrán podido notar, muchísimo peor se le da escribir.

En esta edición de la Copa de Europa no quiso la rifa que se cruzasen su Real y el equipo de Guardiola, y Bustos se quedó sin poder atizar con su magistral pluma bífida al de Santpedor. No le bastan a Bustos todas las copas levantadas por el entrenador catalán para templar su lengua, como no fue suficiente que Josep Guardiola elevara al FC Barcelona al Olimpo donde mora ya por derecho propio entre las más excelsas versiones de este juego para que Jorge Bustos contuviera su escritura; muy al contrario, don Jorge sigue alzándose cual paladín del revisionismo y pretende enterrar nada menos que el dogma de la posesión, que hizo no grande, sino enorme al FC Barcelona (y también, habrá que decirlo, al combinado nacional). Don Jorge, desde el reverso de su quijotesca locura sigue empecinado en ver molinos donde todos ven gigantes. Pero en tal locura radica su grandeza, porque Jorge Bustos, que como yo tampoco sabe de fútbol -aunque eso ya se dijo- escribe primorosamente, con inusual destreza, como seguramente escriban los ángeles. Y mientras lo siga haciendo seguiré yo leyendo lo que tenga a bien escribir, con igual deleite, rogando a mis dioses que no me priven jamás -ni les priven a ustedes- de su palabra. Él quizá ruegue a los suyos que no tenga que esperar una nueva docena de años para ver levantar por undécima vez esa copa tan ansiada, no vaya a tener que incrementar el ínclito don Pérez el capítulo de gasto dedicado a Netol para mantener el brillo a tan brillante patrimonio.

Bustos seguirá desde su atalaya componiendo las cosas de su Real, impasible el ademán, ajeno a la templanza. Seguiremos nosotros disfrutando de su verbo.  Don Jorge Bustos continuará esperando sin desesperar que la próxima temporada sea la de la undécima y poder así vender la piel del oso habiéndolo cazado antes. Menos ambiciosos -¡qué remedio!- algunos anhelaremos la quinta y en esos trances se nos irán los días y las noches; esas maravillosas noches de Champions como la de ayer que entreveran épica y drama, en un juego fascinante como pocos capaz de elevarnos a los cielos o bajarnos a los infiernos; un juego que como supo expresar Bill Shankly <<algunos creen que es sólo una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho más importante que eso>>.

Shankly exageraba, pero quién puede culparle, ¿no exageramos todos? En la misma Madrid, Villa y Corte, fatalidad cruel, el Real vio truncado ayer su camino hacia la undécima Copa de Europa. La tristeza de los fados no logró anegar el alma blanca la primavera pasada, que hoy llora al son del alegre “Juve, storia di un grande amore”. No quiso el destino saldar, cuarenta y un años después, parte de una deuda que viejos y jóvenes guardan por igual anotada en la memoria, premiando al Atleti del Cholo con el pase a la siguiente ronda, la penúltima. Pero Fortuna, que es caprichosa, recompensó a la Vecchia  Signora y apeó al Real Madrid de la competición. Uno es partidario de liquidar las deudas, aunque sea con retraso. Así que quizá podamos, don Jorge y yo, compartir algún día borrachera, si no juntos -lo que dicho sea de paso, me encantaría- al menos a la salud de los buenos amigos colchoneros que doy por seguro ambos tenemos, brindando porque el Atlético de Madrid pueda alzarse por fin, más pronto que tarde, con su primera Copa de Europa. No será, empero, esta vez. En Berlín Ocasión, Fortuna o Justicia coronarán a la Juve o al Barcelona. Que Cronos conceda a los colchoneros una Copa de Europa antes que la undécima al equipo del alma de Jorge Bustos.

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