Noventa minuti in el Camp Nou sono molto longo

por Phil O'Hara

juanito

El chascarrillo no rezaba exactamente así. Acuñada la frase, dicen, por Juanito, hasta convertirse en enseña del madridismo, por lo visto ayer los noventa minuti también pueden ser “molto longo” en el Camp Nou; que se lo pregunten al eterno rival.

Acostumbrados a temer al Real incluso más allá de esos noventa minutos reglamentados y los que la autoridad competente tenga a bien y en justicia añadir de más -servidor, temeroso de Dios y del Real Madrid como soy, aún hoy suelo esperar a que los de blanco salgan de la ducha para empezar a festejar; tamaño es el respeto- la versión light que representaron los de Ancelotti durante la mayor parte de la segunda mitad me resultó casi desnaturalizada, pues si alguien pareció andar pidiendo la hora fueron los madridistas. Semejaban haber tenido bastante; sensación extraña conociendo al rival. Sólo faltó que don Carlo traspasase los lindes de la línea de cal para tirar la toalla, capitular y dar por finalizada la contienda. La larga media hora final se le hizo verdaderamente inacabable al bueno de don Carlo; tanto al menos como a sus desfondados pupilos. ¡Qué lejano el espíritu de Lisboa! El Real hacía tiempo que había bajado los brazos, claudicando ante su magnífico competidor.

Pero las cosas no son solamente como acaban, sino como principian y prosiguen después. Que si comenzaron bien con el tanto de Mathieu, siguieron, para los de Luís Enrique, no mal, sino lo siguiente. Fue avanzarse en el marcador, marrar al poco un remate franco Suárez, que se convirtió en pase de gol a Neymar, que a su vez también falló, y que el Real lograra empatar el envite en la contra inmediata, conducida magistralmente por Modric, que mandó el esférico a las botas de Karim Benzema, que tuvo la genial ocurrencia de bailar con el balón y, de talón, de manera delicada, dejárselo a Cristiano para que metiera la puntera y lo alojase en las mallas, batiendo así, por vez primera y única -lo que acabó siendo noticia- al arquero chileno, que de haber sacado también ese balón le hubieran sacado a él a hombros del coso azulgrana como han sacado a José Tomás no tan lejos de allí.

A raíz, que no por razón, de la igualada, el Real se adueñó de todo; amo y señor del centro del campo, metió al rival tan atrás que los veinte minutos hasta el final del primer acto se le hicieron a la parroquia culé interminables. Sufrimiento en estado puro para el aficionado local, cada arreón de los blancos recordaba una fase más de ese otro deporte al que los irlandeses juegan tan bien. ¡Si Modric parecía el mismísimo O’Driscoll! Un nuevo ensayo blanco se veía venir; era solamente cuestión de tiempo. Y de acierto, claro. Tiempo sí tuvieron -¡qué veinticinco minutos pasaron los de Luís Enrique!-, faltaron en cambio suerte y acierto. Sobraron -pensarían los madridistas- Bravo, Mathieu y especialmente Gerard Piqué. Si el guardameta del FC Barcelona cuajó una actuación magnífica, ¡qué decir del central catalán! Piqué rayó la perfección.

El encuentro se fue al descanso, caprichos de la diosa Fortuna, en tablas. La reanudación, pocos podían presagiarlo, fue distinta. La campana había salvado a los hombres del técnico gijonés, que en el intermedio corrigió la disposición de sus once sobre el verde. Adelantó líneas y los azulgrana y la grada dejaron de padecer. Todavía quedaría, es cierto, un chute del galo Benzema que volvió a encontrarse, camino del gol, con la manopla de Bravo; pero eso (y una postrera intervención para desviar a saque de esquina un balón más del galo -de quién si no- que tropezó en Piqué y se envenenó) fue todo. A partir de ahí, del minuto cincuenta y cinco, lo que conté al arranque: golazo de Luisito Suárez y treinta y ocho minutos de una música distinta. El FC Barcelona recuperó el mando castigando al rival contra tras contra hasta someterlo. Agotados, rotos y cariacontecidos, los hombres de don Carlo se rindieron, entregaron sus armas al FC Barcelona, que indultó al rival quizá en justa correspondencia por el amable trato recibido durante la primera mitad: una vez y otra vez, hasta en cinco ocasiones perdonaron Neymar, Messi, Suárez y también Alba ocasiones claras de gol para nivelar cuando menos el average particular; para golear, de haber sido otra la noche.

Mientras, a William “Will” Munny (Clint Eastwood en “Sin Perdón”) se le dibujaba una extraña sonrisa en la cara, como diciendo que él hubiese resuelto, de blanco o de azulgrana, qué más da, las cosas de modo muy distinto.

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