La Moviola

Crónica deportiva juiciosa y sensata

Lacrimosa dies illa

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<<Toda una vida dedicada a vuestro Dios. Desde que tuve uso de razón, antes incluso, si es eso posible, convertido en soldado suyo. Le vendí mi alma, como la hubiese podido vender al diablo; y trabajé duro, más duro que ningún otro. Todos los días de mi carrera me esforcé por ser el mejor. Anhelaba ese trono, sí; rezaba a Dios antes de cada encuentro implorándole más y más gloria. Rezaba, es cierto; ¿pero acaso no merecía por mi sacrificio hasta el último de mis goles? ¿No fueron mis méritos suficientes para que Él me otorgara el mínimo, insignificante, fútil favor de concederme un poco, una brizna solo, del talento que jamás atesoré? ¿Por qué le eligió a él? ¿Qué razón hay, si hay alguna, para que dispensase a ese futbolista menudo y humilde y no a mí cuanto yo codiciaba? A cambio de mi martirio Dios me concedió oro; pero siempre menos oro que a él. Me gratificó con goles; aunque nunca fueron tantos como los que a él le regaló. Y mi recompensa, además, requería de hercúlea dedicación, de absoluta entrega. A Leo, en cambio, se lo donó todo, todo, a cambio de nada. Sin apenas esfuerzo, con la simplicidad de lo natural; le obsequió con clarividencia, le proporcionó el talento que a mí me negó; el genio. Y por más que me torturaba tratando de ser el mejor, Él continuaba sin transigir: no iba a ser yo su preferido; había elegido a otro; le había elegido a él.

Por ello le odio, aborrezco y maldigo. Por ello detesto toda la belleza que hay en cada jugada, en cada regate, en cada amago, en cada gesto, en cada gol de Lionel; en todas las veces que él acaricia el balón con esa lucidez. Dejadme; dejad de consolarme.>>

Lacrimosa dies illa qua resurget ex favilla iudicandus homo reus (Lleno de lágrimas, el día en que resurgirá de las cenizas el hombre acusado destinado a ser juzgado)

Messi y el balón de Oro. (Por Adrián Montes)

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Está muy reciente la concesión del Balón de Oro 2016, con polémica incluida cuando se trata de valorar los merecimientos de Cristiano Ronaldo para el galardón.

Para todo entendido, excepto si se es aficionado del Real Madrid o portugués, e incluso para muchos aficionados del Real Madrid (óigase a los periodistas forofos de Teledeporte o al mismo Jorge Valdano) y hasta para algunos que también son portugueses (como Mourinho), no existe la menor duda de que Messi es el mejor jugador del mundo, y su calidad está muy por encima de la de Cristiano. Tampoco a lo largo de este año el portugués ha sobresalido por encima del argentino a nivel individual. Se habla de los títulos conseguidos. Y digo yo: ¿acaso tienen más valor la Champions -en la que la aportación de Ronaldo se limitó a marcar tres goles a un débil Wolfsburgo y a transformar su lanzamiento de penalti (en eso sí es el mejor) en la tanda de la final- y el Campeonato de Europa de selecciones que Portugal consiguió de chiripa y sin su concurso en la final, que la Liga y la Copa españolas , en cuya consecución Messi sí jugó un papel decisivo? Si lo que cuentan de verdad son los títulos, ¿qué pinta el segundo Balón de Oro de Cristiano conseguido, con trampa de Blatter incluida, en un año en que el madridista no consiguió título alguno mientras el azulgrana firmó un “doblete”?

Lo que se discute no es si Messi es mejor que Ronaldo, a pesar del esfuerzo encomiable de los medios de comunicación de “la Obra” por emparejarlos, porque eso está fuera de cualquier duda. Se trata de decidir si Messi es el mejor futbolista de la historia. Dicen que en su debe se apunta la falta de un Mundial, pero eso es cosa muy del azar. Amén de que ni Di Stéfano ni Cruyff fueron campeones mundiales y que Pelé lo fue con la mejor Brasil de la historia, cuajada de figuras, mientras a Messi le toca jugar con una pandilla de tuercebotas infinitamente inferiores a los compañeros de Maradona cuando ganó el Mundial, ¿qué hubiera pasado si su padre, Jorge Messi, no hubiera decidido por él en un ataque de patriotismo improductivo y Leo hubiera elegido la selección española para desarrollar su carrera internacional? Pues muy sencillo: Lionel Messi sería campeón del mundo, probablemente más de una vez, y campeón de Europa, probablemente más de dos veces, y España tendría más títulos de los que ya tiene. Ya veis… El azar o la inoportuna decisión de un padre.

En cuanto al Balón de Oro, dicen que la mala suerte de Cristiano Ronaldo consiste en haber coincidido en el tiempo con Messi. Yo pienso que la “mala” suerte de Messi ha sido coincidir en el tiempo con Florentino Pérez. De no ser por el poder de éste y la abochornante pleitesía que le rinden los medios de comunicación, incluidos los públicos (RTVE), en su descomunal campaña de marketing en favor del portugués, el balance actual de Balones de Oro no sería de 5-4, sino de 6-2. En este caso ya no se trata del azar. Como tampoco parece cosa del azar la persecución de la Hacienda española a los jugadores del FC Barcelona y el claro desentendimiento hacia sus homónimos del Real Madrid. ¿Otra vez la alargada sombra de Florentino?

Adrián Montes

Adrián Montes colabora habitualmente en La Moviola

Cuatro zarpazos

 

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Asegura el bueno de Maldini en no más de ciento cuarenta caracteres que, en el juego, no hubo tantas diferencias entre el FC Barcelona y el Manchester City en la última visita del cuadro inglés al feudo azulgrana. Guardiola, en rueda de prensa posterior al encuentro, pareció alinearse con Maldini al constatar que mientras la disputa fue de once contra once, su equipo estuvo de lleno metido en ella. Y yo, que ni soy capaz de concentrar en tan poco espacio como Maldini mis opiniones, ni doy ruedas de prensa, digo aquí que uno y otro me recordaron con sus manifestaciones aquellas magníficas crónicas que semana tras semana relataban las andanzas del equipo de Camponaraya; crónicas que siempre solían rezar más o menos tal que así: “A los pocos minutos la tuvo Ramonene, pero la echó fuera -del campo-. Luego el Camponaraya dominó, pero con ocho zarpazos se puso el rival 8-0 y no era fácil darle la vuelta al resultado”.

Debiera saber Maldini que diferencia en el juego la hubo; tanta al menos, si no más, que en el resultado. Y si es cierto que hasta la expulsión del arquero chileno los de Guardiola no le habían perdido la cara al partido, no lo es menos que hasta el primer gol de Messi el resultado era de empate a cero; o que de haber reducido distancias los ingleses tras el segundo gol del FC Barcelona se hubiesen vuelto a meter en el encuentro. Perogrulladas al margen, lo cierto es que lo acaecido en los noventa minutos evidenció la enorme desigualdad que hoy existe entre el conjunto de Luís Enrique y el de Pep Guardiola. Si el once del asturiano sigue mostrando un altísimo nivel competitivo, trasluciendo en todo caso desajustes propios de las alturas de la temporada en las que nos hallamos -lo que nos hace sospechar que irá aproximándose a las cotas de excelencia a las que desde hace una década nos tiene acostumbrados-, el presente de los citizens no es tan halagüeño, y en cuanto al futuro más o menos inmediato uno tampoco puede ser optimista en exceso. No es tan solo que el Manchester City carezca aún de un plan, que el edificio se encuentre en construcción, ¡si parece que le falta hasta la cuadrilla! Ardua tarea le ha tocado en suerte al de Sampedor, que va a necesitar dios y ayuda, y algo más de tiempo, para convertir a los suyos en un conjunto capaz de pelearle la Champions a los cocos que un año más bregarán por levantar la orejona.

Quiso Guardiola poblar su medular tratando de disputar la posesión del balón al rival. Y sentó a Agüero. Otra consecuencia de tal decisión de Guardiola fue que Ter Stegen pasase los noventa minutos comiendo pipas y leyendo a los rusos. Y mientras los hombres de Pep se esforzaban por tener el cuero, Sterling se iba de todos y De Bruyne atacaba los espacios, nadie inquietaba el arco de los catalanes; como si hubiesen olvidado que amén de tener la pelota, irse del contrario y atacar los espacios, en esto del balompié de lo que se trata es de enchufarla, de hacer gol. Los de Luís Enrique, entretanto, jugando bien y a ratos muy bien, llevando peligro cada vez que merodeaban la puerta contraria, con cuatro zarpazos ponían un 4-0 en el luminoso casi sin despeinarse. ¡Y en el tuit afirmaba Maldini que no hubo tanta diferencia en el juego! ¡Pues si llega a haber más! Guardiola, en Munich, logró en un lapso corto de tiempo que el Bayern plasmase una idea si no pintiparada, sí aproximada a la que a lo largo de cuatro años fue dibujando el FC Barcelona que dirigió. Hoy todavía no acertamos a atisbar nada de ello en este Manchester City, pero con el tiempo y una caña no ha de extrañarnos que Guardiola gane también la que seguramente trátase de la apuesta más arriesgada de cuantas hasta la fecha ha emprendido.

La euforia imprudente. Sergi Roberto. (Por Adrián Montes)

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La prensa deportiva de Barcelona, al igual que la de Madrid, presenta unos tics muy característicos. Uno de ellos es el de la forma de reaccionar cuando la realidad, los resultados de su equipo, en este caso del Barça, coinciden con sus deseos. Entonces se desata una euforia incondicional, apenas restañada por accesos de temor a que cambien las tornas. Eso es lo que está ocurriendo con el Barça y la liga de fútbol 2015-2016. Que la creen ya ganada y esa creencia se les escapa por la boca, léase la pluma, aunque a veces se intente disfrazar tras una falsa prudencia.

Y no es así. Cierto que la ventaja del Barça es considerable y, lo que es más importante, el equipo está dando síntomas de potencia y gran juego, que la ventaja sobre el At de Madrid es de 8 puntos más el average; datos éstos muy contundentes que desde luego hacen llegar a la conclusión de que la liga sólo la puede perder el Barça. Pero la puede perder. Tras el Getafe llegan tres partidos cruciales: Villarreal, Real Madrid y Real Sociedad. Una visión no apasionada del calendario me lleva a la conclusión de que el Barça puede perder entre un mínimo de 2 y un máximo de 8 puntos. El Villarreal es un gran equipo y se juega fuera. El Real Madrid siempre es temible y vendrá al Camp Nou sin presión alguna y en cuanto a la Real Sociedad, en el fútbol se repiten mucho las tradiciones y pinchar en Donostia es tradicional. Así que menos euforia hasta que no llegue el 9 de abril y veamos cómo están las cosas. Ese será el momento, o no, de echar las campanas al vuelo.

Otra muestra de la euforia de la prensa que ante la excelente campaña del equipo está presta a supervalorar a cualquier jugador a poco que éste aporte. Es el caso de Sergi Roberto. En esta campaña, en la ciertamente el de Reus ha sido bastante utilizado por Luis Enrique, se han apresurado a cubrirle de calificativos mediante los que le retiran todos los defectos que le habían achacado con anterioridad. ¿¿??. Pues no es así. Sergi Roberto, al que no se me ocurrirá discutirle sus sobresalientes condiciones técnicas, es un jugador miedoso. Sí, miedoso. Tiene miedo del contrario y tiene miedo de fallar. Respecto al miedo al contrario, a cualquiera que entienda un poco de fútbol le bastará con seguir sus movimientos durante un partido. Nunca presiona, tan sólo amaga la presión para pararse en seco a un par de metros del contrario al que casi nunca entra. Su juego defensivo es lo que se llama “hacer sombra” pero es muy difícil que robe balones porque no llega a entrar. Tan sólo contabiliza los que intercepta por colocación. ¡Ah! Y esa presión que amaga jamás la hace arriba. Es más bien de esperar al contrario. Por eso no puede ser nunca el sustituto de Busquets. Cuando S Roberto juega de medio centro esa zona del campo es un auténtico coladero y los contrarios les llegan a los defensas en oleadas. El reciente partido en Las Palmas es una buena muestra de ello aunque es verdad que allí ayudó mucho la nula aportación defensiva de Arda. Por eso Las Palmas dominó el partido justo hasta que salió Busquets y se les apagaron las luces. Tampoco de interior da Sergio muy buen resultado por estas carencias comentadas y eso se demostró en el partido contra el Sevilla en el que el ala derecha de la defensa azulgrana era un auténtico coladero al no recibir Alex Vidal ninguna ayuda efectiva del reusense. Su miedo al contrario también se le aprecia claramente cuando está en posesión del balón y éste le quema ante la proximidad de un contrario, mucho más si éste amaga la entrada. Pero es que además no ha corregido su defecto de hacer siempre el pase correcto, su miedo al fallo, a pesar de que la prensa haya dado por resuelto este problema. No es así. S Roberto nunca arriesga. O casi nunca. Un jugador de su calidad no puede limitarse a entregar el balón al compañero más cercano para que él resuelva la papeleta.

Por eso, sólo cuando juega de lateral su rendimiento es mucho más satisfactorio. Ni puede “esconderse” porque en esa posición sería demasiado descarado y peligroso ni tiene que arriesgar en el pase más allá de lo prudente. Es en ese puesto donde sus condiciones técnicas y tácticas resultan más aprovechables.

El sábado será una prueba de fuego más. El estar tocado Busquets más la proximidad del partido del Arsenal hace aconsejable su descanso. Si pensamos que Mascherano está sancionado hay que buscar la solución del medio centro. Me temo que Luis Enrique – me parece increíble que no vea claras las carencias de este chico – optará por S Roberto como medio centro. Y eso será dar facilidades al Getafe que, por suerte, es un equipo endeble. Pero al tiempo.

Adrián Montes.

Adrián Montes colabora habitualmente en La Moviola.

 

¡Que no son el Rayern de Munich, por dios!

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Ni eran las cinco de la tarde, ni era en las Ventas, ni el diestro era José Tomás. Eran las nueve, era el coso vallecano y en vez del de Galapagar, Paco Jémez. Y no es que todo fuesen desemejanzas, que alguna semblanza hubo: también ayer se cortaron orejas y rabo, aunque no fueran las de ningún astado sino otra vez, y van ya unas cuantas, las del bueno del grancanario. Del valor no me olvido; sucédeme que como Sócrates, no el ateniense sino mi buen amigo, pienso que más que atrevimiento lo de Jémez raya en la imprudencia cuando no en la temeridad; por más que uno deba reconocer que en cuanto a tamaño y arrojo, nada han de envidiar las gónadas del canarión a las del susodicho matador de toros. Empero de todo acaba por hartarse uno y casi apetece ver al once de Vallecas más tapadito. Son demasiados envites enseñando parecida teta; acaso algo de recato le viniese bien al equipo vallecano, o no le viniese mal del todo. No cree Paco Jémez que su Rayo sea como el Ajax de Cruyff, de Krol y compañía, ni como la Brasil del 70, que osado es, mas no iluso. Y si su Rayo tampoco es como el Bayern de Munich, deberíamos convenir, ni que sea por vergüenza torera o por caridad cristiana, que bien pudiera el técnico rayista probar con otros planteamientos más al uso, aunque tal suponga traicionar filosofías y conceptos que, cuando se mantienen pese a quien pese, inclusive ante escuadras como la de Luís Enrique, pueden tildarse de quijotescos; a sabiendas de que por lo general y hasta la fecha esas ideas han dado frutos más que aceptables, son de agradecer, y tanto la profesión como los aficionados y cuantos gustamos del buen balompié estimamos y valoramos en gran medida.

Por lo demás cuántas veces no se habrá dicho ya: el morlaco que los chavales de Paco Jémez tuvieron delante fue ayer un miura. Los de Luís Enrique, con sólo dos cambios en relación al once de gala, uno forzado, entraron como en las mejores noches al enfrentamiento. Desde el pitido inicial la actitud sobre el verde resultó inmejorable; sacaron a relucir bien pronto gran parte del ramillete de virtudes que los distinguen: la presión alta, el juego preciso, la circulación veloz de balón, el control del mismo cuando fue preciso y el juego vertical siempre que se pudo. Producto de lo cual apenas pasaron apuros defensivos, causando problemas cada vez más serios a su desvergonzado rival. Tan cierto es que el inesperado obsequio del cancerbero local primero y ya al filo del descanso después la expulsión del joven canterano cedido por el Real Madrid, Diego Llorente (que si abandonó el rectángulo de juego sin ir del brazo de la Benemérita fue sólo porque antes de casi arrancarle de cuajo el pie a Ivan Rakitic tocó balón) allanaron el camino hacia la trigésima quinta victoria del FC Barcelona, como que ésta hubiese llegado de todos modos.

Once son las jornadas que restan para que concluya un campeonato de Liga más, y aunque todo es posible, solamente una debacle puede impedir que los azulgrana vuelvan a entonar otra vez el alirón, revaliden el título de campeón de Liga y alarguen un poco más una hegemonía en el panorama futbolístico español que va camino del decenio. Ladran, luego cabalgamos, decía don Quijote a Sancho. Pero es que ya ni ladran.

Crisis, what Cris(is)?

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Si faltando aún cinco largos minutos para dar por finalizada la contienda la hinchada local empieza a abandonar el Santiago Bernabeu, contra el Atleti, que va ganando por un solitario gol, es que algo huele a podrido, como en Dinamarca. ¡Qué lejos los días en los que un pobre puñado de minutos era una cima infranqueable hasta para la mejor armada de las escuadras! Acabar sacando botín del feudo blanco no resultaba empresa fácil. Y cinco minutos podían ser un calvario; las manecillas del reloj no avanzaban, el tiempo parecía congelado, sobre el verde los minutos parecían tornarse años y todo eso hacía mella y se dejaba ver en el rictus del rival. Entonces noventa minutos, del primero al postrer, se hacían muy largos en el Bernabeu. Ya no. Hoy el madridismo, como un ácido nucleico que hubiese extraviado extrañamente sus instrucciones genéticas, vaga sin demasiada fe, aferrado solamente al sueño irreal de una nueva Copa de Europa, la undécima, pero anhelando en verdad otra Liga. Impera en el club, en vez de la cordura, la Ley de Murphy. ¿De qué otro modo se explica si no que Cristiano apareciese por la zona mixta disparándose en el pie? El aficionado hubiese esperado del luso otra actitud: agarrar los micrófonos como empuñaba Rodrigo Díaz de Vivar la Tizona a lomos de Babieca y, a la heroica, clamar a los cuatro vientos la pronta Reconquista. Porque lo que madridismo precisa de Cristiano no son exégesis, sino que sea como el Cid y que lidere al equipo hacia los triunfos.

Acomodados en una década prodigiosa, los culers de cierta edad sabemos bien que no hay dicha que se alargue eternamente ni mal que cien años dure. Algunos extrañamos y tememos en parecidas proporciones aquel Real Madrid capaz de lo mejor; el de las temibles arreadas. Tarde o temprano, cuál Fénix, resurgirá de sus cenizas para volver a ser un rival formidable. Mientras tanto y hasta que no llegue el día en que Saturno reclame la atención de Lionel Messi, en Concha Espina siempre podrán invocar el pensamiento zen. Y para quienes presenten serias dificultades de concentración, diez Copas de Europa o treinta y dos Ligas siempre serán mejor bálsamo que el de Fierabrás.

 

Un triplete, dos tripletes, tres tripletes

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Debiera ser anatema y en vez de eso aquí estamos todos, tan tranquilos, mentando un nuevo triplete como si nada. Por tamaña insensatez, por menos incluso, a más de uno seguramente lo fulminaran los olímpicos dioses allá en la lejana Grecia. Pero eran otros tiempos. Nombrar nuevamente el triplete es manifiestamente abusivo, ofende al sentido común, es vacuo desiderátum, escapa a toda lógica y por ende y por si fuera poco además -que no lo es- resulta el no va más. Otro triplete, el segundo de Luís Enrique, el tercero del club, ¡como si fuera posible!

Pues va a ser que sí es posible. Porque la plantilla, con el técnico gijonés a la cabeza, parece emperrada en conseguirlo. Diríase que han renovado votos con el único propósito de obtener de nuevo la gracia de levantar todas las copas. Y no me negarán que eso no es un dislate propio de quien perdió el juicio. Analicemos las cosas: los de azulgrana han avanzado en la Copa con paso firme hasta plantarse un año más en la final. Competir han competido perfectamente tanto contra el modesto Club de Fútbol Villanovense, como contra los aguerridos hombres del Txingurri Valverde o frente al hoy venido a menos conjunto ché, al que infringieron un severo correctivo, bordando los de Lucho el fútbol en una actuación prodigiosa y digna de encomio en la ida de la semifinal. En la competición doméstica el equipo anda como un tiro, encaramado a lo más alto de la tabla, desde donde atisba, con insultante superioridad, a sus inmediatos perseguidores, distanciados ya casi diez puntos. Y en la Copa de Campeones, con pie y medio en la ronda de cuartos de final, hay quien jura o perjura que Messi y compañía tienen entre ceja y ceja ser los primeros, desde que la Copa de Europa adoptase más de veinte años atrás el actual formato, en revalidar título. Siendo todo cierto, no lo es menos que ni los del barrio de Nervión, ni los de Concha Espina, ni tampoco los de la ribera del Manzanares -por no hablar de los grandes clubes europeos que en la presente edición ansían izar la orejuda- parecen muy dispuestos a que se encumbre al club catalán allende lo razonable: alzar en una misma campaña Copa, Liga y Copa de Campeones, pase. Hacerlo por segunda vez unos pocos años después, pase quizá también. Pero pretender que haya aún una tercera ocasión se antoja un atropello imperdonable.

Por más empeño que ponga la culerada en atesorar un nuevo triplete, por mucho que los de Luís Enrique hayan abjurado del maravilloso monofisismo esencialista aquél para convertirse en un once terrenal aunque magnífico, en un equipo heterodoxo pero formidable, en un verdadero equipazo, vaya, tres tripletes siguen siendo muchos tripletes. Como cinco Balones de Oro son muchos Balones de Oro. Por lo que pueda pasar acaso habrá que ser precavido e ir pensando en enfriar el cava. Y si uno no es de los que siente los colores azul y grana, sino que son sus apegos y querencias otras o muy otras, debiera quizás ir rezándole a algún dios, no vaya a ser que en mayo ya sea tarde y que tres tripletes, que sí son, claro, muchos, sean solamente el paso obligado hasta otras seis copas. O incluso hasta cinco.

Ganar la Copa Europa.

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No hay nada como ganar una Copa de Europa. Quizás ganar dos, o ganar diez. O a lo mejor no. A lo mejor ganarla por vez primera sea cien veces mejor que cuando levantas esa copa, qué se yo, pongamos que por tercera o por quinta vez. Cuando Gianluigi Buffon levante la tercera orejona para la Juve, si la alza, por mucho entusiasmo que se manifieste entre la parroquia Bianconeri, no tendrá parangón a cuando Gaetano Scirea la levantó, ofrendándola al cielo de Bruselas, aquella noche aciaga, triste y desoladora, aunque extraordinaria, que la Vecchia Signora logró su primera Copa de Europa en el estadio de Heysel. Del mismo modo, o parecido, el alborozo de los culers, tanto si es Andrés Iniesta quien la iza como si es Xavi Hernández, será grande, pero la felicidad que embargó a la afición azulgrana un lejano ya veinte de mayo de 1992 cuando el cancerbero y capitán Andoni Zubizarreta aupó en el mítico Wembley por primera vez el trofeo debió ser cien veces mayor. Es que no hay nada como ganar una primera Copa de Europa.

Sea la primera, la tercera o la quinta, no hay nada como ganar la Copa de Europa. La argamasa de la que están hechos los sueños del fútbol, hecha de noches de Champions, de goles por la escuadra, de caños, de rondos infinitos, de lanzamientos al palo, de épica, de llanto y de risas y abrazos y de cien mil cosas más, cada primavera se transustancia en la aleación de 74 centímetros de altura y 8 kilogramos de peso a la que el suizo Jörg Stadelmann diese esa maravillosa forma y donde están inscritos hasta el momento los nombres de veintidós grandes clubes de fútbol. (Texto completo en Football Citizens)

De copas, de bastos y de Bustos

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Jorge Bustos creyó que volverían a pintar copas pero resultaron bastos. Olía al perfume de la undécima, juraba Jorge. ¿No será que los sentidos se atrofian con el inexorable paso de los días, acaso por hartazgo, y el olfativo ha dejado de funcionarle como un reloj al bueno de Bustos? ¿O será cosa de la genética del madridista de ley, que mora en la meseta, genética tocada de desfachatez o soberbia, de ambas tal vez, que ensombrece y ningunea a la prudencia y al comedimiento y está reñida con la humildad? No pretendan hallar pátina alguna de modestia en el verbo de Jorge; al contrario, rebusquen bien y quién sabe si encontrarán vestigios del genio de Felipe II: no envió el monarca sus naves a luchar contra los elementos. Pues así -o parecido- con Bustos, aunque los elementos sean aquí cuando no pretendidos errores de algún trencilla de turno, el infortunio que cruel se ceba y se vuelve a cebar en la pobre rodilla del gran Lukita.

Jorge, que en brillantez nos saca al menos dos cuerpos, que acostumbra a conjugar con maestría, se maneja peor en la suerte balompédica, aficionado radical y de medio pelo como es. Hilvanar palabras es arte que no guarda secretos para Jorge; de fútbol, empero, sabe lo que yo: nada, o menos aún, si ello fuera posible. Y es que el negociado de Jorge Bustos no es el del deporte rey, sino el del del periodismo literario. Vean, dos cuerpos más: si un servidor lo mismo que Jorge poco sabe de fútbol, como habrán podido notar, muchísimo peor se le da escribir.

En esta edición de la Copa de Europa no quiso la rifa que se cruzasen su Real y el equipo de Guardiola, y Bustos se quedó sin poder atizar con su magistral pluma bífida al de Santpedor. No le bastan a Bustos todas las copas levantadas por el entrenador catalán para templar su lengua, como no fue suficiente que Josep Guardiola elevara al FC Barcelona al Olimpo donde mora ya por derecho propio entre las más excelsas versiones de este juego para que Jorge Bustos contuviera su escritura; muy al contrario, don Jorge sigue alzándose cual paladín del revisionismo y pretende enterrar nada menos que el dogma de la posesión, que hizo no grande, sino enorme al FC Barcelona (y también, habrá que decirlo, al combinado nacional). Don Jorge, desde el reverso de su quijotesca locura sigue empecinado en ver molinos donde todos ven gigantes. Pero en tal locura radica su grandeza, porque Jorge Bustos, que como yo tampoco sabe de fútbol -aunque eso ya se dijo- escribe primorosamente, con inusual destreza, como seguramente escriban los ángeles. Y mientras lo siga haciendo seguiré yo leyendo lo que tenga a bien escribir, con igual deleite, rogando a mis dioses que no me priven jamás -ni les priven a ustedes- de su palabra. Él quizá ruegue a los suyos que no tenga que esperar una nueva docena de años para ver levantar por undécima vez esa copa tan ansiada, no vaya a tener que incrementar el ínclito don Pérez el capítulo de gasto dedicado a Netol para mantener el brillo a tan brillante patrimonio.

Bustos seguirá desde su atalaya componiendo las cosas de su Real, impasible el ademán, ajeno a la templanza. Seguiremos nosotros disfrutando de su verbo.  Don Jorge Bustos continuará esperando sin desesperar que la próxima temporada sea la de la undécima y poder así vender la piel del oso habiéndolo cazado antes. Menos ambiciosos -¡qué remedio!- algunos anhelaremos la quinta y en esos trances se nos irán los días y las noches; esas maravillosas noches de Champions como la de ayer que entreveran épica y drama, en un juego fascinante como pocos capaz de elevarnos a los cielos o bajarnos a los infiernos; un juego que como supo expresar Bill Shankly <<algunos creen que es sólo una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho más importante que eso>>.

Shankly exageraba, pero quién puede culparle, ¿no exageramos todos? En la misma Madrid, Villa y Corte, fatalidad cruel, el Real vio truncado ayer su camino hacia la undécima Copa de Europa. La tristeza de los fados no logró anegar el alma blanca la primavera pasada, que hoy llora al son del alegre “Juve, storia di un grande amore”. No quiso el destino saldar, cuarenta y un años después, parte de una deuda que viejos y jóvenes guardan por igual anotada en la memoria, premiando al Atleti del Cholo con el pase a la siguiente ronda, la penúltima. Pero Fortuna, que es caprichosa, recompensó a la Vecchia  Signora y apeó al Real Madrid de la competición. Uno es partidario de liquidar las deudas, aunque sea con retraso. Así que quizá podamos, don Jorge y yo, compartir algún día borrachera, si no juntos -lo que dicho sea de paso, me encantaría- al menos a la salud de los buenos amigos colchoneros que doy por seguro ambos tenemos, brindando porque el Atlético de Madrid pueda alzarse por fin, más pronto que tarde, con su primera Copa de Europa. No será, empero, esta vez. En Berlín Ocasión, Fortuna o Justicia coronarán a la Juve o al Barcelona. Que Cronos conceda a los colchoneros una Copa de Europa antes que la undécima al equipo del alma de Jorge Bustos.

Noventa minuti in el Camp Nou sono molto longo

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El chascarrillo no rezaba exactamente así. Acuñada la frase, dicen, por Juanito, hasta convertirse en enseña del madridismo, por lo visto ayer los noventa minuti también pueden ser “molto longo” en el Camp Nou; que se lo pregunten al eterno rival.

Acostumbrados a temer al Real incluso más allá de esos noventa minutos reglamentados y los que la autoridad competente tenga a bien y en justicia añadir de más -servidor, temeroso de Dios y del Real Madrid como soy, aún hoy suelo esperar a que los de blanco salgan de la ducha para empezar a festejar; tamaño es el respeto- la versión light que representaron los de Ancelotti durante la mayor parte de la segunda mitad me resultó casi desnaturalizada, pues si alguien pareció andar pidiendo la hora fueron los madridistas. Semejaban haber tenido bastante; sensación extraña conociendo al rival. Sólo faltó que don Carlo traspasase los lindes de la línea de cal para tirar la toalla, capitular y dar por finalizada la contienda. La larga media hora final se le hizo verdaderamente inacabable al bueno de don Carlo; tanto al menos como a sus desfondados pupilos. ¡Qué lejano el espíritu de Lisboa! El Real hacía tiempo que había bajado los brazos, claudicando ante su magnífico competidor.

Pero las cosas no son solamente como acaban, sino como principian y prosiguen después. Que si comenzaron bien con el tanto de Mathieu, siguieron, para los de Luís Enrique, no mal, sino lo siguiente. Fue avanzarse en el marcador, marrar al poco un remate franco Suárez, que se convirtió en pase de gol a Neymar, que a su vez también falló, y que el Real lograra empatar el envite en la contra inmediata, conducida magistralmente por Modric, que mandó el esférico a las botas de Karim Benzema, que tuvo la genial ocurrencia de bailar con el balón y, de talón, de manera delicada, dejárselo a Cristiano para que metiera la puntera y lo alojase en las mallas, batiendo así, por vez primera y única -lo que acabó siendo noticia- al arquero chileno, que de haber sacado también ese balón le hubieran sacado a él a hombros del coso azulgrana como han sacado a José Tomás no tan lejos de allí.

A raíz, que no por razón, de la igualada, el Real se adueñó de todo; amo y señor del centro del campo, metió al rival tan atrás que los veinte minutos hasta el final del primer acto se le hicieron a la parroquia culé interminables. Sufrimiento en estado puro para el aficionado local, cada arreón de los blancos recordaba una fase más de ese otro deporte al que los irlandeses juegan tan bien. ¡Si Modric parecía el mismísimo O’Driscoll! Un nuevo ensayo blanco se veía venir; era solamente cuestión de tiempo. Y de acierto, claro. Tiempo sí tuvieron -¡qué veinticinco minutos pasaron los de Luís Enrique!-, faltaron en cambio suerte y acierto. Sobraron -pensarían los madridistas- Bravo, Mathieu y especialmente Gerard Piqué. Si el guardameta del FC Barcelona cuajó una actuación magnífica, ¡qué decir del central catalán! Piqué rayó la perfección.

El encuentro se fue al descanso, caprichos de la diosa Fortuna, en tablas. La reanudación, pocos podían presagiarlo, fue distinta. La campana había salvado a los hombres del técnico gijonés, que en el intermedio corrigió la disposición de sus once sobre el verde. Adelantó líneas y los azulgrana y la grada dejaron de padecer. Todavía quedaría, es cierto, un chute del galo Benzema que volvió a encontrarse, camino del gol, con la manopla de Bravo; pero eso (y una postrera intervención para desviar a saque de esquina un balón más del galo -de quién si no- que tropezó en Piqué y se envenenó) fue todo. A partir de ahí, del minuto cincuenta y cinco, lo que conté al arranque: golazo de Luisito Suárez y treinta y ocho minutos de una música distinta. El FC Barcelona recuperó el mando castigando al rival contra tras contra hasta someterlo. Agotados, rotos y cariacontecidos, los hombres de don Carlo se rindieron, entregaron sus armas al FC Barcelona, que indultó al rival quizá en justa correspondencia por el amable trato recibido durante la primera mitad: una vez y otra vez, hasta en cinco ocasiones perdonaron Neymar, Messi, Suárez y también Alba ocasiones claras de gol para nivelar cuando menos el average particular; para golear, de haber sido otra la noche.

Mientras, a William “Will” Munny (Clint Eastwood en “Sin Perdón”) se le dibujaba una extraña sonrisa en la cara, como diciendo que él hubiese resuelto, de blanco o de azulgrana, qué más da, las cosas de modo muy distinto.

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